Quien tenga la culpa que me pague el valium

domingo, octubre 22, 2006

Es lo que tiene el sábado



Qué resaca madre mía.
Ya no me acostumbro a estos trotes, ni a beber, ni a alternar ni a casi nada de lo que se relacione con el mal vivir (o bien vivir, según se mire).
Ayer fue el cumpleaños de mi vecina, un personaje del que les daré pelos y señales porque, en conjunto, da para escribir tres novelas: es la única mujer que conozco capaz de pintarse los dos rabillos del ojo. Sí, gente sin complejos hay en todos lados, no sólo en los anuncios.
Su garaje se convirtió otra noche más en una reunión de vecinos con cientos de niños empeñados en representar no sé que obra. Y digo que no sé que obra porque, para empezar ni ellos se aclaraban y, para terminar, los padres ya estábamos con alguna que otra cerveza de más. La intención era lo que contaba, así que antes de la fiesta oficial para adultos, tuvimos que dar paso a la representación de “Los cuatro fantasmas y las campesinas”. Que imaginación. No me veo a ningún niño de ciudad de tal guisa un sábado por la noche.
Si hay algo de lo que me alegro cada día más es de haber dejado la capital para criar a nuestra hija en un pueblo. Una jodienda para nosotros, que nos privamos de ciertos placeres, pero una satisfacción al fin y al cabo verla crecer en la calle. Y es ahí donde los niños comienzan su verdadero proceso de socialización, donde aprenden que el mundo es de todos (en un principio, eso sí, de los de su calle: los de la calle de al lado, son enemigos en toda regla) y donde todo es más sencillo, con menos prisa, con más sonrisas y donde parece que se dispone siempre de todo el tiempo del mundo.
A lo que iba, que acabo siempre como los monos, por las ramas. Que la noche fue terriblemente genial. Que el alba nos cogió prácticamente por sorpresa entre las copas y la brillante idea de algunos acompañantes de poner a los Chichos (sí, los mismos a los que yo he escuchado la mayoría de las veces en las ferias y encima de un coche de choque, para más señas, pero que enloquecen a mis vecinos, no sé si por horteras o por snobs, pero es oír a los Chichos y se arrancan en un arrebato flamenco digno del mejor tablado).
Los niños fueron cayendo por tandas en diferentes sillones, en camas improvisadas, en supletorias que salían por doquier de las casas.
Y qué apacible es siempre el domingo si es soleado, si la noche salió redonda y todo lo que quieres está cerca (también lejos, pero también es otra historia).
Que descansen ustedes, que tomen energías y que los astros les libren de sus rutinas semanales.

3 Comments:

Blogger apesardemi said...

La mejor fiesta es la fiesta improvisada y por lo que cuentas, la tuya fue de las buenas. Me alegro que ya llevo yo un buen tiempo sin una buena fiesta de esas de resaca y madrugada a tope ;)) Mis niños ya son mayores, asi que esa cuestión no me preocupa.

Saludos, vecina.

12:35 p. m.  
Blogger Dr. Strangelove said...

Yo ya de fiestas ni me acuerdo. La tuya se nota que fue estupenda y la resaca tremenda.

Un saludo.

2:00 p. m.  
Blogger Alvaro said...

A mi las fiestas me encantan, pero en lo que no estoy de acuerdo es eso de no vivir en la ciudad. Pero me alegro que te lo pasaras bien. Lo de no aguantar las resacas, daria para todo un blog. Que se lo pregunten a Alba. Un saludo

2:17 p. m.  

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